3.3. Anteojos

Aunque su historia era muy larga y compleja, Takumi tenía prohibido revelarles todo y se limitó a contarles lo que consideraba más importante: que Asteregius, conjurada por Ayame, había elegido ese lugar para esperar a Daichi hasta que llegara el momento adecuado; que su primer viaje al mundo mágico, además de formar parte del plan de la guardiana del rayo, fue predispuesto por las fuerzas regentes para preparar a Maki y evitar que su espíritu dubitativo le causara problemas en un momento tan crítico como el que acababan de superar; que Junko había nacido en ese mundo porque era el único lugar donde las fuerzas regentes pudieron encontrar un alma pura y, en parte, porque ese había sido el deseo de su predecesora.

—Las fuerzas regentes actúan de formas tan peculiares que ni siquiera nosotros podemos entenderlas —remató—. El único que tal vez puede hacerlo nunca nos lo dice con claridad.

—Al menos Takumi tiene la ventaja de que Yuki le hable como humano y no como un ser sin sentimientos.

A Hitomi le molestaba admitirlo, pero sabía perfectamente a qué se debía la distinción de tratos; aunque no pensaba revelarlo ni culpar a nadie por las responsabilidades que ella misma había asumido.

—En fin, me alegra saber que el cofre está en buenas manos ahora y que estaremos a salvo de fragmentos de la Nada, también me dio mucho gusto prestarles el local para la reparación del cofre; pero en realidad quería que vinieran por otra cosa.

Les dio la espalda para buscar algo en un estante y colocarlo sobre el mostrador. Ver aquel objeto emocionó tanto a Junko que estiró rápidamente los brazos para tomarlo.

—¡Choco! —gritó con alegría mientras lo abrazaba—. ¡Volviste!

—En realidad, este no es Choco, pero me esforcé por hacer uno similar.

—¡Es idéntico! ¡Gracias!

La reacción de la pequeña lo alegró tanto que casi olvidaba el verdadero motivo de su invitación a la joyería.

—Hay algo más —comentó mientras buscaba algo en la vitrina del mostrador—. Supe que ayer fue tu segundo décimo cumpleaños, así que quiero regalarte esto.

Abrió con cuidado un estuche blanco en donde había guardado un collar con un relicario dorado, en cuyo frente había tallado una estrella de ocho picos rodeada por ocho rombos irregulares con diminutos cuarzos y ámbares incrustados. El regalo le pareció tan lindo que se lo puso de inmediato después de darle las gracias por segunda vez.

—Es mágico como todo lo que hago —dijo con orgullo—, ábrelo y verás.

Lo abrió con cuidado, quizá con temor de romperlo. Entonces pudo ver cómo la prisión de la Nada era absorbida por la joya y, cuando pudo distinguir el cofre a escala en su interior, la cerró de inmediato.

—¡Increíble! —exclamaron la niña y sus guardianes.

—Les será muy útil cuando tengan que salir de casa, así no tendrán que cargarlo, puede ser muy incómodo a veces. Cuando quieras sacarlo para que vuelva a su tamaño original o para repetir el conjuro el siguiente mediodía previo a la luna llena, bastará con abrirlo.

Ver aquel suceso le dio una idea a Daichi.

—¿Eso se puede hacer con cualquier objeto mágico?

—Por supuesto que sí, es la misma técnica que mis antepasados usaron para ocultar los báculos y las espadas en las joyas portadoras de fulgores.

—¿Y podría hacer lo mismo con Asteregius?

—¿Por quién me tomas? ¡Claro que puedo! Sólo necesitamos encontrar algo que suelas usar, porque no pareces un chico de cadenas, tampoco creo que te guste usar brazaletes, y parece que prefieres la ropa informal, así que descartaría confeccionar la hebilla de un cinturón.

—¿Qué tal mis lentes?

Takumi parecía confundido ante tal propuesta.

—¿No sería un problema que empuñaras tu espada y no supieras hacia dónde atacar?

—Pero no tienen aumento.

Un silencio largo incomodó ligeramente al chico.

—Ah, eres de esos.

—¿De esos?

—Sí, de los que usan anteojos para parecer intelectuales.

—¡No lo soy! —protestó.

—¿Lo haces para parecerte a esta chica? —Señaló a Maki—. ¿Te gusta que tu rostro vaya a juego con el de ella?

—¿Por qué siempre tienen que meter a Maki en estas cosas? Primero Kasu y ahora…

—Por cierto, ¿cómo está ella?

—¡No me cambie el tema!

—Sólo quería saber —murmuró decepcionado, aunque la fuerza en las palabras del chico le erizó la piel por un instante—. Bueno, ¿entonces por qué usas lentes sin aumento?, ¿me explicarás?

—Es un asunto sentimental —contestó un poco más tranquilo—. Mi padre tenía unos muy parecidos que usaba para leer, tenerlos me hace sentir que él sigue a mi lado.

Un dejo de nostalgia en su mirada conmovió tanto al artesano que lo obligó a ofrecerle una disculpa.

—Lo siento, no sabía…

—No tenía por qué saberlo, tampoco suelo compartir mis razones. Creo que las únicas que las conocían hasta ahora eran Kasu, Maki y mi madre.

La chica de ojos verdes agachó la cabeza. Ciertamente, Kasumi le había revelado que su amigo en común usaba lentes sin aumento, mas nunca le dijo el motivo detrás de aquella costumbre. Conocerlo a esas alturas le pareció doloroso, aunque muy en el fondo se sentía molesta por descubrirlo de esa manera. ¿Por qué no se lo preguntó antes? Aún si lo hubiera hecho, ¿habría respondido su pregunta?, ¿en qué momento iba a decírselo?, ¿pensaba guardar el secreto y jamás revelarle su nostalgia interminable?, ¿tan poco confiable se había vuelto para él?

—Por cierto, háblenme de tú —les pidió Takumi—. Tanto respeto me hace sentir de la edad de Hitomi.

La mirada de rencor reprimido de Hitomi le transmitió una amenaza: “Ya arreglaremos cuentas cuando ellos se vayan”.

—Entonces ¿se puede?

—Veamos qué puedo hacer por ti.

Se acercó a él para quitarle los anteojos. Cuando los tuvo en la mano, contempló la forma de su cara por varios segundos silenciosos, eternos, casi incómodos, y parpadeó unas cuantas veces, ladeó su cabeza a la izquierda, después a la derecha, dio un paso hacia atrás, luego hacia adelante, intentó ponérselos de nuevo, pero no pasaron ni dos segundos y se los quitó de nuevo. Tras examinar su rostro, el artesano tomó el armazón con ambas manos para analizarlo: enorme, anticuado, un tanto incómodo de usar, poco resistente, y levantó una ceja mientras les daba la vuelta, luego contrajo las varillas recién reparadas, tomó los lentes con una mano y volvió al lado opuesto del mostrador para colocarlos sobre él. Sin decir palabra, giró el cuerpo para buscar algo en un anaquel, luego en un pequeño estante, y después, con un martillo en mano, les dio un golpe muy fuerte para destrozarlos y arrojarlos a un bote de basura.

Daichi estuvo a punto de sufrir un paro cardíaco por aquel incidente.

—¿No fue eso un poco… radical?

La protesta suavizada de Maki provocó que Takumi mirara sus lentes.

—¿Cómo puedes engañar a este pobre chico con algo tan delicado como esto? —le reclamó al ver su bello armazón turquesa.

—¡Pero yo solo le dije que se le veían bien!

—¡Mentirosa! ¡Mala amiga! ¡Eres…! —Se detuvo al descubrir algo—. Ah, ya entiendo. Lo siento mucho, tampoco sabía que respetaras tanto las sugerencias de tus padres. Hiciste bien, sus gustos son excelentes.

Había acertado.

—¿Cómo puedes saber eso?

—Los objetos también tienen enlaces con el mundo, ¿recuerdas? Tu amigo estuvo a punto de desaparecer por un conjuro que se apoya en ese hecho. —Tomó la espada para desenfundarla y examinarla mientras seguía hablando con ella—. Si los lentes de él no fueran nuevos…

—Pero no lo son —puntualizó Daichi.

—Te olvidaste de ellos por una semana, es lo mismo —contestó rápidamente para retomar el tema—. Si no se los hubiera quitado por tanto tiempo, me hubiera enterado de toda su vida y no hubiera cometido el error de prejuzgarlo; pero tú ya desarrollaste un enlace fuerte con los tuyos porque has usado ese armazón por mucho tiempo, exactamente tres años, cinco meses, dos semanas y cuatro días, luego de que el primero terminara destrozado porque lo dejaste entre tu ropa y nadie la revisó antes de lavarla. —Recorrió la hoja de Asteregius de arriba hacia abajo con dos dedos, como si estuviera buscando algo—. El actual es muy parecido al anterior, que eligieron tus padres por ti cuando fueron a la óptica por primera vez luego de notar que te lloraban los ojos cuando intentabas ver la televisión, exactamente cuando cumpliste diez años, los usaste por tres años y dos días y… bueno, dejemos la historia de tus lentes hasta aquí o terminaré hablando sobre cosas que no quieres compartir con nadie.

La mujer de cabello violeta apoyó la mano sobre sus ojos mientras respiraba lenta y profundamente: “Tal vez sea el más joven de nosotros tres, pero de cualquier manera es un adulto y sigue siendo tan indiscreto como un adolescente, ¿cómo espera casarse pronto y tener hijos?”. Pero el conocimiento de que sus acciones eran parte de su carácter impredecible la tranquilizó después de un tiempo y desprendió la mano de su rostro para continuar observando el proceso de análisis del arma mágica, y lo hizo justo cuando Takumi detuvo el recorrido de sus dedos sobre la parte de la hoja más cercana a la empuñadura de la espada, exactamente sobre la corona del pacto, y ella fue la única que notó el doble cambio súbito de su mirada.

Supo entonces que tendría que hablar con él cuando todos se fueran.

—Afortunadamente para ti, Asteregius puede ser moldeada en un instante y nada puede romperla, así que no tendrás que preocuparte si te pasa lo mismo que a Maki con su primer armazón.

Colocó la espada sobre una superficie plana y tomó su funda con cuidado por ambas puntas para hacerla brillar, presionarla y reducirla mientras pensaba en voz alta.

—Necesitas algo parecido a lo que tenía tu padre para que no te sientas abandonado; pero también requieres algo nuevo para recordarte que no puedes vivir atado a tu melancolía por el resto de tu vida. —Comenzó a desplazar la funda comprimida sobre la espada para absorberla—. Debe ser algo que siga demostrando que mantienes tus promesas, que te permita establecer nuevas; pero que también te recuerde que existen algunas que no podrás cumplir porque las fuerzas regentes así lo han dispuesto desde el origen. —Empezó a moldear lo que tenía entre sus manos con gran facilidad—. También deben permitirte formar nuevos enlaces con las personas que te rodean y con las que tarde o temprano se acercarán a ti, y por último, pero no menos importante, debes verte fabuloso con ellos. —Tomó nuevamente el martillo y le dio un golpe al objeto moldeado para terminar su labor—. Listo, ahora póntelos.

Asteregius se había convertido en un liviano armazón oscuro en cuyas terminales había grabadas estrellas de dieciséis picos; los talones y las bisagras eran grises, y en esos extremos de las varillas estaban grabadas diminutas hojas de laurel doradas. Luego de colocarlos sobre su rostro, se vio en un espejo que Takumi le acercó y, tras varios segundos contemplándolos, quedó encantado.

—¡Maravilloso!

—Lo sé, lo sé, no tienes que decírmelo —dijo con orgullo—. Pero dime, ¿cómo piensas pagarme?

La sorpresa de todos los presentes ante el comentario fue notoria.

—¿Tengo que pagar?

—¿Aún lo dudas? —Se cruzó de brazos—. Veamos: hice un trabajo urgente de alta calidad con el objeto mágico más poderoso de todos, ¿te parece poco?

—Rompiste los lentes que me acababan de reparar, ¿aún así debo pagarte?

—¿Vas a reclamarme por eso? ¡Te hice un favor!

Comenzaba a arrepentirse por haberle propuesto el trabajo.

—Está bien —dijo resignado—. ¿Cómo debería pagarte?

“Es tan fácil de convencer…”, pensó mientras dibujaba una sonrisa que apenas cabía en su rostro. De inmediato, tomó una bolsa con quinientos volantes y se los entregó.

—Reparte esto y asegúrate de que Kasumi reciba uno.

—¿Es todo? —preguntó con incredulidad.

—Claro que si quieres pagarme más…

—¡Los repartiré enseguida! ¡Gracias por todo! ¡Nos vemos después!

Y lo vieron apresurarse a la salida para comenzar a repartirlos antes de que Takumi elevara el precio de su trabajo.

—¡Hermano Daichi, espera! —pidió Junko mientras corría tras él seguida por sus nuevas mascotas; pero se detuvo cerca de la puerta y miró hacia atrás—. ¡Muchas gracias por todo! ¡Vendremos otro día a visitarte!

—Cuídate mucho, pequeña dama.

—¡Tú también!

Y se apresuró para alcanzar a su hermano adoptivo mientras la chica de trenzas se quedaba atrás para despedirse apropiadamente y agradecer los favores recibidos.

—Dime algo antes de que te vayas.

Extrañada por aquella petición, Maki escuchó atentamente al artesano.

—¿La cadena funcionó adecuadamente? ¿Logró protegerte de los seres intangibles?

—Lo hizo —respondió.

—¿Sentiste algo cuando te la dieron?

—¿Algo? ¿Como qué?

—Entumecimiento, dolor de estómago, congestión nasal… felicidad, nostalgia, no sé, tú dime.

La chica evocó el momento en el que recibió la cadena plateada para averiguar si había ocurrido algo extraordinario, pero no tuvo éxito.

—Nada.

No esperaba otra respuesta de cualquier manera.

—Entiendo, gracias por decírmelo.

Ella reanudó su camino hacia la salida para buscar a su amigo de la infancia y a la niña rubia, a quienes encontró no muy lejos de ahí.

—Creí que le contarías la historia detrás de la cadena.

—No es necesario —contestó mientras revisaba que ninguno de sus invitados hubiera dejado nada olvidado para luego abrir una puerta cercana y entrar al almacén—. Ya la oíste: no sintió nada. Que Ayame haya depositado en ella sus sentimientos más puros no implica que cualquiera pueda percibirlos ni establecer un enlace con ellos; que ese objeto fuera importante para Sayaka no significa que deba serlo también para Maki. Además, no puedo romper sus ilusiones y decirle que no fue su espíritu quien se lo entregó.

La guardiana del equilibrio no esperaba menos del heredero del don creativo.

—¿Y bien? —preguntó Takumi después de sacar una silla para ofrecérsela a Hitomi—. ¿Cuándo podré ver a las niñas?

—Mañana —contestó mientras se sentaba—; aunque bien podrías visitarnos hoy y cenar con nosotras, es tu casa después de todo.

—Me encantaría, pero prometí que lo cuidaría.

Recostado en un sofá cama adentro de la bodega, envuelto con un par de cobijas gruesas, el heredero de los ojos dormía profundamente.

—Es la segunda vez que le pasa, no debe ser fácil para él.

—Debe ser por el viaje entre mundos, me ocurrió algo parecido cuando llegué y me costó recuperarme.

—No lo sé —dijo pensativa—, la primera vez que le pasó algo así…

—No pienses en eso —la interrumpió—, no volverá a ocurrir. Les has enseñado a las niñas todo lo que necesitan por el momento, esos dos se fortalecerán poco a poco y nos sorprenderán el día menos esperado, tú confía.

—Eso espero, pero aún así…

—Te preocupan los otros cuatro, ¿verdad? —preguntó mientras servía dos tazas de café.

—Tengo el presentimiento de que Miyako se moverá en cualquier momento, temo que haga una locura.

—Pero tiene un vigilante confiable, lo noté cuando vi la cadena de Fulgor Caeruleus y la funda de la espada. —Le ofreció una de las tazas a la guardiana del equilibrio y le dio un sorbo a la otra—. Por cierto, creo que fue un poco cruel de tu parte imponerle una condición tan terrible.

—Será lo mejor para él —argumentó a su favor.

—Pero hay algo que debería inquietarte más que los planes de Miyako y la ubicación de los tres fulgores restantes, seguramente sabes de lo que hablo.

—Lo sé; pero todos mis intentos por descubrir la causa han fracasado.

El artesano calló mientras reflexionaba: había una perturbación en ese mundo que inquietaba a la Tríada de silencio, la misma que probablemente había ocasionado que Yuki perdiera la vista por segunda vez para que no supiera sus planes, la que despistaba las técnicas de rastreo de Hitomi para que no la detectara, la que la noche anterior activó un par de sellos que Takumi había colocado alrededor de la joyería para evitar que alguien, quien fuera, intentara robar alguna de sus creaciones.

Pero tenía una pista, una revelación desafortunada que no sabía si compartir con quien consideraba su hermana mayor.

—Hitomi —dijo después de un largo silencio, cuando pudo controlar el temor que anhelaba invadir su espíritu—, yo…

—¿La encontraste?

Escuchar esa pregunta por segunda vez le dolió tanto como la primera.

—Sí, la encontré.

Nuevamente se apoderó de él la congoja que sintió cuando terminó el primer bucle temporal, luego del primer viaje de Daichi y Maki al mundo mágico, cuando una persona que anhelaba ver abrió la puerta del antiguo bazar para reclamarles a sus amigos por dejarla atrás a pesar de haber sido ella quien había planeado la visita. Y tuvo que admitir nuevamente que, por mínima y superflua que hubiera sido su primera conversación, la extrañaba demasiado.

Dos sorbos simultáneos de café para ahogar la preocupación y la nostalgia.

—Dime, pequeño Takumi —habló la de mirada gris tras permitir que su ansiedad se mezclara con el aroma de su bebida para olvidarla por un instante—, ¿alguna vez te has planteado vender esto? Es delicioso.

Aquel comentario parecía una nueva idea que lo ayudaría a escapar de la soledad.

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