3.2. El bazar de antigüedades

La historia de Takumi comenzaba siete años atrás, cuando su gran familia en Origo, conformada por parientes amorosos en distintos grados, se vio reducida a una dama que lo trataba como a un hijo, cuatro pequeñas juguetonas con quienes no compartía lazo sanguíneo y él, quien muchas veces intentó sin éxito que ellas lo llamaran “hermano” o al menos “tío”.

Ciertamente, en aquella vida feliz con aroma a soledad, la presencia de las niñas tranquilizaba su espíritu y alegraba sus tardes; pero no podía evitar sentir tristeza cada atardecer, pues el final del día le recordaba inevitablemente que era el único habitante nativo de ese sitio casi milenario, cuna de sus antepasados y, con seguridad, tumba de su estirpe.

Su situación dio un giro inesperado cuando un viajero raramente visto apareció en su casa cierta mañana de marzo.

—Ha pasado mucho tiempo. ¿Terminaste tu búsqueda?

La falta de una respuesta lo obligó a despegar la mirada del trabajo al que le daba los últimos toques: un animal de trapo con relleno para las niñas.

—¿Viste algo?

El viajero asintió con la cabeza.

—¿Le has dicho a Hitomi?

Negó con la cabeza.

—Supongo que necesitas algo de mí que ella no puede saber.

El visitante silencioso se acercó a la mesa de trabajo de Takumi y observó con cuidado el juguete casi terminado.

—Haz un felino ideal —ordenó mientras se sentaba en una esquina para supervisar el proceso de elaboración de su encargo.

—Espero que me pagues bien por esto.

Volvió a asentir. Luego de descansar un poco, y mientras el artesano trabajaba en la nueva pieza, el visitante realizó algunas tareas necesarias para pagarle: limpiar la casa desordenada; acomodar todos los objetos que había elaborado desde que el mundo quedó sin más seres humanos vivos que ellos ocho (contando a Miyako en la región de la noche, descontando a Yuuto que acababa de fallecer); preparar la comida, la cena y los alimentos de los tres días siguientes; visitar a Hitomi cuando las niñas no estuvieran cerca de ella, y escuchar a Takumi cada que él tenía necesidad de hablar.

Cuando el artesano terminó el encargo, se lo mostró al viajero para que le diera su aprobación.

—Conjura un rastreo.

—¿A quién buscaremos?

—Al resplandor blanco.

Obedeció, aunque la respuesta lo intrigaba.

—No entiendo por qué es necesario hacer esto —dijo—, ¿no fuiste tú quien trajo a dos de las niñas? Podrías hacer lo mismo con el resplandor blanco.

Nuevamente, el viajero negó con la cabeza.

—El resplandor blanco brilla en un cielo ajeno, más allá de la tormenta. No iré por él.

—Entonces ¿cómo haremos que el resplandor blanco venga a nosotros?

Estiró su mano helada para entregarle una pulsera con un cascabel de plata sin sonido y un prisma de cristal.

—Purifica la creación de tu padre.

Obedeció por segunda vez y le devolvió la cadena. Y el viajero, al ver que el trabajo estaba bien hecho, lo colocó en su muñeca izquierda.

—¿Ahora responderás mi pregunta?

Su única respuesta fue poner sobre la mesa dos bolsas con provisiones para un viaje de varios días. Abrió una de ellas para guardar el animal de tela, la cerró con cuidado, la sostuvo por la correa y la levantó para entregársela al artesano; tomó la otra, la colgó sobre su hombro y se dirigió a la puerta para abrirla.

—Sígueme.

Ni siquiera le dio tiempo para despedirse de Hitomi ni de las niñas; pero lo conocía muy bien y temía saber las razones detrás de tanto hermetismo. Luego de un rato olvidó sus preocupaciones, pues sabía que estaba obligado a seguir sus órdenes de cualquier manera, en ese momento o más adelante, y con cierta tristeza en su corazón por alejarse de todo lo que conocía, con el presentimiento de que pasaría mucho tiempo lejos de las pocas personas que aún vivían en ese mundo, intentó convencerse de que todo iría bien mientras no permitiera que su espíritu decayera bajo ninguna circunstancia.

Entrar a Nitens era doloroso para él. La región más próspera del reino había caído en las garras de la desolación absoluta y prefería recordar sus tiempos de esplendor; pero en esas circunstancias le era imposible. Intentaba concentrarse en el pasado: en la felicidad de su abuela cuando le demostraba que él había aprendido bien el oficio; en el orgullo de su padre cuando ella lo halagaba por sus creaciones; en las anécdotas detrás de la entrega de un péndulo de cristal para que los espíritus malignos no alcanzaran al hijo de Satomi después de su nacimiento; en la alegría que sintió al terminar su primer trabajo como heredero de las manos prodigiosas, que consistía en forjar una espada de entrenamiento para el futuro heredero de Asteregius; en la impresión causada a la reina al apreciar su primera joya portadora de un fulgor nuevo, ese que había creado para una nueva elemental con habilidades de guardiana espiritual; en la complicidad de un sentimiento callado de la propietaria del anillo, quien quería entregarle un lindo obsequio a la persona que más amaba para que parte de ella la protegiera por siempre… ¿en qué más podía pensar?, ¿qué más había elaborado para ellos antes de que todos desaparecieran?

Antes de siquiera darse cuenta, su guía se detuvo ante una construcción en ruinas, con la puerta abierta y únicamente amueblada con una mesa en el centro. Sobre ella, en el punto exacto donde Ayame la había dejado días antes, Asteregius sin funda esperaba el momento en el que su nuevo portador la sostuviera entre sus manos y le devolviera lo que había perdido.

—Asteregius no lo logrará sin ayuda —dijo el viajero—. Tú estarás con ella.

—¿Cómo? ¿Aquí?

El ser callado volvió a mover la cabeza de un lado a otro con lentitud.

—Bajo el cielo ajeno.

—¿Estás ordenándome que me vaya?

—Estoy dándote una oportunidad para que no pierdas la razón.

Él lo sabía y eso aterraba aún más a Takumi no porque escuchara las palabras directas de Yuki, tampoco porque aquellas órdenes formaran parte de un futuro marcado; sino porque había visto a través de sus acciones lo que él siempre quiso ocultar: cada día se sentía más desolado, más vulnerable, y las voces de sus antepasados lo atormentaban a veces con el recordatorio de que su don solo podía ser transmitido a su primer hijo que, en tales circunstancias, no podría tener.

¿Estaría a salvo bajo ese nuevo cielo?

—Al otro lado existen cinco entes, dos más lejanos que el resto: el alma de la espada, la esperanza del aire, el deseo de la luz, la libertad de la niebla y el tiempo del condenado. Las fuerzas regentes los guiarán hacia ti, mas tú callarás su voluntad, pues ese es su mandato. Y mientras el tiempo llega, mientras sigues con tu vida en el exilio, deberás aprender lo que el cielo ajeno pueda enseñarte, pues las fuerzas regentes así lo han querido.

Cuando terminó de hablar, abrazó con fuerza al artesano, tomó una de sus manos y la colocó sobre Asteregius para que él pudiera utilizar el puente que Ayame había conjurado. Y mientras lo veía desvanecerse, le deseó suerte y le dio un último mensaje alentador: “Volveremos a vernos antes de lo que imaginas”.

Al principio le costó trabajo comprender ese mundo tan distinto al suyo, con costumbres desconocidas y reglas que tuvo que aprender con mucho esfuerzo. Lo primero que hizo fue acondicionar su nuevo espacio para establecerse y para ganarse la vida, y no tuvo más alternativa que aprovechar el don que sus ancestros le habían transmitido. Comenzó vendiendo las joyas que había confeccionado por años y que Yuki le enviaba poco a poco a través del puente que lo había conducido a su nuevo hogar. Con el tiempo, además de surtir su negocio con objetos variados del mundo sin magia, pudo encontrar un lugar más acogedor para vivir que la bodega del local por donde había llegado, y su trabajo, además, le permitió conocer a personas de todo tipo que le encargaban productos antiguos y misteriosos, pues la fachada del lugar inspiraba un aire esotérico que atraía a toda clase de coleccionistas.

Seis años después, el artesano estaba más que acostumbrado a su nueva vida, y fue justo en ese tiempo cuando vio por primera vez a la chica indicada para convertirse en la madre de sus hijos. Estaba dispuesto a pedirle matrimonio en ese mismo momento aunque no la conociera; pero había un problema: ella era menor de edad y las leyes de ese mundo eran muy estrictas en ese sentido.

—¡Buenas tardes!

—Buenas tardes.

Pasos como saltos, espíritu curioso, manos de trabajo arduo y paciente, alas invisibles de un ave libre, halagos ante las joyas que más trabajo le costó fabricar, interés por los anaqueles llenos de recuerdos que fue coleccionando con los años, la mirada verde pasto de una chica castaña que buscaba algo asombroso debajo del polvo acumulado.

—Mmm… —Su rostro confundido ante un librero con volúmenes dignos de un bibliófilo le arrancó una sonrisa—. ¿Este estará bien? —Su confusión era tan adorable que se sentó y apoyó los codos sobre el mostrador para descansar su cabeza sobre las palmas de sus manos prodigiosas y contemplarla—. Ese de allá parece mejor… o tal vez ese otro, o el de arriba… —Sus muecas casi le robaban una carcajada—. No sé, ¿por qué tiene que ser tan complicado encontrar el adecuado?

Intrigado por su sufrimiento, decidió tomar valor y acercarse a ella. “Sólo voy a ayudarla, es mi trabajo”, pensó.

—¿Buscas algún título en especial?

—Estoy buscando uno que le guste a un amigo, pronto será su cumpleaños.

—¿A tu amigo le gusta leer? —“¿Qué clase de pregunta es esa? ¡Es obvio que sí!”.

—Más que leer, le fascinan las historias raras —respondió como si aquellos gustos aún fueran incomprensibles para ella—. A veces se emboba tanto que es imposible hablarle. Es un poco molesto, pero al menos él es feliz cuando lo hace.

¿En verdad podría ayudarla con eso? Más bien, ¿querría hacerlo?

—¿Cuándo será su cumpleaños?

—El miércoles de la próxima semana.

Comenzó a hacer cuentas y el resultado le provocó cierta melancolía.

—Deberías traerlo —sugirió—, la próxima semana habrá descuentos en toda la tienda.

—¿¡En serio!?

Tanta emoción en la voz de la chica le detuvo el corazón: “¿Por qué tiene que ser tan joven?… Espera, Takumi, ¿qué acabas de decir?, ¿en qué estabas pensando?”. Pero ya no podía dar marcha atrás.

—S-sí, podría llevarse todos los que quisiera, podrías pagarle uno o varios, y… eh… podrías…

—¡Es perfecto! —lo interrumpió para alivio y tortura de su alma—. Le avisaré y vendremos sin falta. ¡Muchísimas gracias!

Y la vio extender nuevamente sus alas invisibles para emprender el vuelo al cruzar la salida, pensando en voz alta cómo invitar a sus amigos, haciendo cuentas para determinar el dinero que estaba dispuesta a gastar ese día, la cantidad de mesas que tendría que limpiar para aumentar sus fondos aunque fuera un poco… y se perdió en el final de la calle, rumbo al atardecer, para dar vuelta a la derecha en la primera esquina.

Una semana después, la conversación animada de dos chicas anunciaba el cumplimiento de la promesa (¿Podía llamar así a sus intenciones de volver con sus amigos?).

—¿Es aquí?

—Sí, aquí es. ¿Qué te parece?

—Misterioso y viejo, pero agradable.

—¿Verdad? El vendedor tiene aretes y collares muy bonitos, también juguetes hechos a mano y rompecabezas antiguos; pero además tiene algo que seguro a Dai-Dai le encantará.

Y abrió la puerta para mostrárselo.

—¡Buenas tardes!

—Buenas tar…

La energía de dos destellos poderosos le anunciaron la llegada del tiempo profetizado. Sorprendido, aunque consciente de que debía actuar con mesura, miró desde el mostrador a los recién llegados: la chica con alas invisibles, una jovencita de gruesas trenzas negras y atrás, boquiabierto, un chico con lentes enormes poco agraciados que se acercaba lentamente al librero del fondo.

—Mira, Maki —dijo la castaña cerca del mostrador mientras su amigo en común revisaba los títulos disponibles al fondo del bazar—, este par de aretes te iría muy bien.

—Pe-pero no podría ponérmelos.

—Si quieres, un día podría hacerte perforaciones. —Un rostro de preocupación—. ¡No te asustes! No te dolerá por mucho tiempo.

Aquella frase alteró más sus nervios.

—Deberías arriesgarte de vez en cuando, unos aretes se te verían muy bien. —Caminó un poco para acercarse a otra vitrina con joyería—. Mira, estas cadenas también son bonitas, alguna de estas podría irle bien a tu amuleto.

El resplandor de una gema atrajo la mirada de Takumi: en el cuello de la chica de trenzas, Fulgor Caeruleus parecía estar a salvo y en buenas condiciones; pero verlo sujeto a un cordón negro logró despertar su curiosidad, ¿qué habría pasado con la cadena de plata que Ayame había prometido regalarle a la antigua propietaria del dije?

El grupo permaneció en el local cerca de treinta minutos, hasta que el chico de ojos tímidos logró escoger cuatro ejemplares pesados y atractivos para él. Pagó dos de ellos con sus ahorros, los dos restantes fueron financiados por sus amigas, quienes parecían estar en aprietos ante la falta de fondos para el pastel que pensaban comprar una cuadra más adelante. Pero el dependiente no pretendía hacerles un descuento extra aunque Kasumi (“Conque así se llama”) se lo pidiera con dulzura (“Pero no lo hará, no va con ella”) o lo sobornara con una cita (“Ya, Takumi, basta”), y con esa seguridad en mente, guardó los libros en dos bolsas y se los entregó al chico, quien le agradeció (¿por dárselos?, ¿por tenerlos?, ¿por ser paciente con ellos?, ¿por improvisar una venta de bodega sin querer?) y giró hacia su izquierda para echar un último vistazo y pensar qué otros libros podría comprar cuando ahorrara un poco más.

Entonces pasó.

La caída de las bolsas sorprendió tanto a sus amigas como al vendedor, quien se percató rápidamente de lo que estaba ocurriendo: cerca de la pared opuesta, en una vitrina cúbica, un libro con las páginas en blanco se había transformado en otro que solo había visto en una de las repisas de la casa de Hitomi. Y fue así como él supo que se encontraba ante algo grande, ante una profecía que iba más allá de su imaginación, y que las fuerzas regentes comenzaban a movilizarse para que las palabras crípticas de Yuki se cumplieran tal y como fueron pronunciadas por él mismo seis años atrás.

—Ese cuesta lo mismo que cinco de los otros en su precio original.

El rostro desanimado del comprador en potencia le hizo sentir un poco de lástima, pero necesitaba recurrir a esa injusticia para obligarlo a regresar, sobre todo cuando detrás del libro se encontraba una espada que resplandecía débilmente al igual que el bolsillo derecho del chico, quien aún era incapaz de notarlo.

Ver aquel prodigio, sin embargo, despertó su lado impaciente. Se vio contando los días y las horas en espera del regreso del chico para que él pudiera visitar a Yuki y contarle todo lo que había vivido durante esos largos años. Se contuvo por cuatro meses, pero conforme se acercaba el quinto, no pudo más: mandó a imprimir volantes para anunciar una venta de liquidación, los pegó en los postes más cercanos en espera de que alguno de los tres los viera y volvieran por lo menos a echar un vistazo a la mercancía que quedaba.

Los anuncios, sin embargo, atrajeron a un cliente desubicado a mediados de noviembre, poco antes de que cerrara la tienda.

—Disculpe, estoy buscando un regalo para una niña, pero soy muy malo para estas cosas, ¿me recomendaría algo?

¿Quién buscaría algo así en una tienda de antigüedades?

—Es raro que alguien venga a buscar cosas para niños, pero debo tener algo así. Permítame revisar en la bodega.

Entre cajas abandonadas, el artesano comenzó a desempolvar recuerdos: pequeños costales rellenos de granos y pelotas de cuero, los favoritos de Koharu; muñecas de trapo adornadas con pequeñas joyas, las que más le gustaban a Hana; flautas de maderas finas como las que Sachiko tocaba sólo una vez para preferir, como siempre, un instrumento viejo y desgastado que cargaba siempre consigo; pequeños utensilios de cocina que no pudo seguir regalándole a Nanami porque, antes de que se diera cuenta, ella ya ayudaba a su madre adoptiva a preparar los alimentos.

Pero su cliente parecía haber encontrado lo que buscaba durante su ausencia.

—¿Eso está en venta?

Entre los anaqueles detrás del mostrador, un gato de peluche fino que antes era de trapo corriente lo había cautivado.

—Tiene usted un buen ojo —lo halagó Takumi mientras lo tomaba para mostrárselo—. Este juguete es muy especial: parece un simple gato de peluche, pero tiene propiedades protectoras. —¿Le creería si se lo explicaba?—. Es un gato mágico que ahuyenta los malos sueños y los sentimientos negativos, un amuleto protector para niños buenos. —Parecía haberlo enganchado—. ¿Para quién es el regalo, si se puede saber?

—Es para mi hija.

Un enlace invisible para cualquier ser humano lo guió por recuerdos ajenos, por cuadras extensas, a través de la ventana de un hogar tranquilo, por un pasillo que una niña rubia atravesaba para dirigirse a la sala y después a la entrada de la casa para abrazar a su madre y darle la bienvenida. Y más allá de su sonrisa, a la altura de su pecho, el resplandor más puro del origen se revelaba ante sus ojos.

Ahí estaba.

—Le gustará mucho.

Y tras cobrar un precio adecuado por la pieza, vio al hombre emocionado partir hacia el este. Decidió entonces almacenar una vez más todos sus recuerdos, aunque con cierta nostalgia, pues era consciente de que, cuando viera de nuevo a las niñas, sería muy tarde para regalarles aquellos objetos que había fabricado con mucho cariño.

La apertura brusca de la puerta principal mientras él se encontraba en la bodega lo obligó a detenerse para no hacer ruido. Tomó entonces un espejo mágico que le mostró lo que ocurría afuera de esa habitación: un par de ojos azules perdidos en el bajorrelieve de la hoja de Asteregius, la entrada abrupta de la chica de trenzas que se acercó a su acompañante, el movimiento rápido de él para enterrar la espada en el suelo y la repentina desaparición de ambos que le permitió salir de la bodega.

Afuera del bazar, una persona confundida se detuvo.

—¿Qué estoy haciendo aquí? —Silencio—. Debí dar la vuelta en la esquina equivocada otra vez.

Las fuerzas regentes comenzaban a actuar en el mundo sin magia.

Pero su labor no terminaba ahí, y así se lo hizo saber su viejo amigo cuando su regreso al mundo mágico fue inminente, cuando los restos del conjuro de Ayame desaparecieron tras el regreso de los chicos a su ciudad natal en un bucle temporal que solo pudo ser obra de él mismo a través de las desconocidas habilidades de Hitomi.

Luego de varios días de camino presuroso, el artesano volvió a su hogar desierto.

—¿Dónde están todas? —preguntó ligeramente angustiado.

—En Nitens —se limitó a responder mientras buscaba algo entre cajas y baúles empolvados.

—¿Y por qué no me lo dijiste antes? Quería anunciarles mi regreso.

—¿Y cómo piensas explicarles en dónde has estado por tanto tiempo sin hablar demasiado?

Takumi se sentía molesto por haber emprendido su viaje de vuelta a Origo sin saber que las niñas se encontraban cerca de su punto de retorno; pero debía admitir que su compañero tenía razón.

Aunque Yuki, además de querer evitar que el artesano fuera sometido a un interrogatorio interminable, tenía otras intenciones: dispuso sobre la mesa varias madejas de hilos y fibras naturales y le pidió, crípticamente, un trabajo más.

—Cuatro cuerdas de salvación.

Obedeció nuevamente sin hacer preguntas ni proferir palabras, ni siquiera aquellas relacionadas con lo que tantas ganas tenía de compartir con él a su regreso. Pero Yuki no era tonto: tanta meticulosidad en un trabajo tan sencillo, tantos suspiros que se escapaban ocasionalmente de su boca y tanta nostalgia que apagaba la incandescencia de sus ojos no eran normales.

—¿La encontraste?

Sabía perfectamente a lo que se refería, así como era consciente de que su viejo amigo ya conocía la respuesta.

—Que tú me preguntes eso es muy cruel, ¿sabes? —contestó mientras escondía el rostro entre sus brazos apoyados sobre la mesa de trabajo—. ¿Qué se supone que voy a hacer ahora?

—¿Quieres ayuda?

De sus labios escapó una risa nerviosa y triste mientras negaba con la cabeza.

—Lo peor que podría hacer ahora es alimentar mis ilusiones con más esperanza.

Una mano sobre su hombro izquierdo lo obligó a levantar la cabeza para ver, por primera vez, un poco de compasión en la mirada nocturna de Yuki.

—De los tres, eres tú el que más ha sufrido desde ese día: ayudaste a tu padre a salvar a cientos de personas, perdiste a toda tu familia y nunca protestaste por ello. Las fuerzas regentes conocen tu dolor y no te han abandonado. Ten paciencia, deja en las manos del tiempo lo que ocurra a partir de ahora, y vuelve al cielo ajeno a cumplir el resto de tu misión.

Y antes de siquiera notarlo, ya estaba de vuelta en su viejo local lúgubre, solitario, sin más brillo que el de un par de lámparas de intensidad débil, y tanta tristeza le causaba pasar sus días en tanta oscuridad que decidió cambiar el giro de su negocio. Tomó sus cajas de reliquias acumuladas para rematarlas entre los coleccionistas que se habían convertido en sus clientes frecuentes y desempolvó sus recuerdos felices para compartirlos con los seres inocentes de las regiones cercanas que quisieran aceptarlos. Compró varios botes de pintura, se deshizo de muebles plagados de polillas y de vitrinas rayadas para convertir su negocio en algo más brillante, más llamativo, y los halagos que había recibido por la confección de las joyas más hermosas del bazar animaron tanto su espíritu que decidió dedicar todos sus esfuerzos a la fabricación de más y mejores. Fue tanto su éxito que, tres meses después, la cantidad de anillos, aretes, brazaletes, cadenas y relojes vendidos permitieron que las fuerzas regentes encontraran el lugar perfecto para que el gato defensor de la niña blanca los condujera al mundo mágico y que un conjuro poderoso afectara a toda la ciudad para que nadie extrañara a los tres seres viajeros que habían emprendido una nueva aventura.

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